Cuando el día de la obra llega mudo
Luis Ramírez es director, acomodador y espectador
Luis Ramírez se planta en la puerta del local del Teatro
Universitario de la UNSA, saluda con humildad de director novísimo a los
concurrentes, agradece y los sitúa en un lugar cómodo. No es la excepción conmigo,
y aunque no vaya vestido de la manera más adecuada (había apenas salido del
trabajo) calmo me aconseja sentarme en primera fila “para ver el show en
detalle”. Separo una silla para mi enamorada.
Conforme los minutos avanzan y el escenario que hace también
de palco se llena, compartimos nerviosismo, él naturalmente por ser director y
yo por la gente que empieza preguntarme si el asiento está libre u ocupado. “Sí,
está ocupado”, respondo con algo de hostilidad. Entre susurros escucho el
comentario de alguien inoportuno: “en el teatro no se pueden separar asientos”.
Lo mismo pienso yo, pero más estoy emocionado por ver la obra y me olvido en un
segundo de lo acontecido.
Luis mira el reloj. Después de media hora, puntualmente,
cierra las puertas y apaga las luces, no sin antes dar las advertencias de
siempre, sobre los celulares y el uso del flash de sus cámaras. La bulla se
acaba. El espíritu del director acaba de hacer presencia de una forma
contundente y clara. Desde el arranque, el tímido Luis de la mañana ha
desaparecido. En su lugar encontramos al dramaturgo enfocado en su papel social
y por qué no, de mediador entre una puesta en escena y espectadores.
Que hable la obra. En treinta minutos que no narraré se
presenta la historia de dos jóvenes amigos que se confunden al descubrir que
ambos han crecido y experimentan el amor y otras emociones de maneras
totalmente diferentes, casi transversales. El día, como nos prometió Luis desde
la elección de la obra, llega mudo al finalizar la puesta y deja dos, incluso
tres heridos de una guerra fría, intensa pero que no llega al clímax.
Esta ausencia se transforma en esencia dentro del marco de
la obra. Finalizando, Luis pide fuertes aplausos para los actores y los
colaboradores de tal magnánima obra. La universidad, dice, lo ha acogido con
inigualable vitalidad y criterio. La mayoría de espectadores, evidentemente,
estudian en la casa de estudio que Ramírez contempla con júbilo. Vendrá más
seguido, promete.
Responde una a una todas las cuestiones, que van desde la
puesta en escena hasta preguntas sobre la elección del tema, si se trata de una
forma tácita de expresar su homosexualismo, en fin. Las conclusiones erradas
sobran hasta que Luis se expresa. Ahora en su rol de director explayándose
sobre su adaptación, plantea la siguiente idea elocuente:
“No se trata de mi, ni de los autores, ni siquiera de la
obra y menos del guion. Es una experiencia esto que he querido brindarles.
Ustedes con sus vidas forjadas por circunstancias equis han soñado con esto,
con experiencias fuera de foco, con amigos que lo brinden todo a través de
poemas y con fantasías homosexuales. Para eso estamos, para el desfogue del
imaginario colectivo, para erradicar esa vibración ansiosa, ese dengue humano”.
El arte escénico y Luis, pienso, comparten esa simpatía por
la gente, por hacerlos sudar como juguetes vivos y de emociones que por un
momento se han prestado voluntariamente a aceptar una “realidad extraña”, que
sin embargo, retumbaba con violencia en el subconsciente. Con respecto a las
preguntas sobre su supuesto homosexualismo, hace lo mejor: las afronta sin
temor alguno:
“El teatro se alimenta de estas condiciones salvajes y crea
y coloca sus personajes como un dios en una trama voraz. Soy amanerado, pero no
marica. Los estereotipos es un vasto y rico escenario para narrar y cautivar.
Por eso mismo, sucede que mientras hablo del homosexualismo, pienso que la
importancia que ustedes dan a la obra se centra en el tema tabú y no en el trasfondo.
Quisiera equivocarme, pero estoy seguro que es así. También lo uso con fines de
marqueteo, no voy a mentir”
En la primera fila, justo al frente de Luis y su repertorio,
está sentada una pareja de homosexuales, dura palabra, y en voz delicada
preguntan sobre la elección del tema. Luis no se sonroja y responde que fue la
voluntad de realizarlo lo que hizo viable el proyecto. Basándose en la filosofía,
Luis empieza a detonar rasgos de humildad cuando dice “Yo no me he presentado a
ustedes mediante esta obra. Son ustedes los que me han buscado para darles de
este bocadito agridulce por temor de sus limitadas vidas y problemas. Una vez apagadas las luces, Luis
alista sus cosas y así como fue, se marcha, dice hacia Moquegua. Estoy seguro
que con la personalidad de Luis, todo le saldrá bien.
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| Cuando la distancia entre el acto y el espectador desaparecen... |
Lea la siguiente parte del reportaje aquí: https://rbfreddyaguilar.blogspot.com/2018/11/tercera-entrada-del-reportaje-biografico.html

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